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DYLAN EN CHILE: el misticismo que dejó en la Arena

Por Tomás Jara



Son cerca de las 23:00hrs. Las luces de la Arena Santiago se apagan por breves segundos para luego encenderse con agilidad y revelar a la banda que empieza a tocar una serie de acordes un tanto familiares. El maestro se acerca al micrófono para pronunciar, con una voz rasposa y apenas entendible, un frase conocida por todos los fanáticos: “Once upon a time you dress so fine…”.  Like A Rolling Stone llena el recinto santiaguino en voz de su mismísimo autor y el público estalla en un grito de euforia.  Bob Dylan está culminando su segunda visita a nuestro país y más de 8000 almas han sido testigos de una leyenda viva.

Hay dos maneras de mirar el show de Dylan en Chile: como el de un hombre sin voz y que apenas tiene tacto con el público, o el de un ícono de la cultura popular que mantiene intacto su perfil de fantasma y despliega una energía mística que sólo los grandes pueden lograr.

Viéndolo de la primera forma, el autor de Mr. Tambourine Man se mostró frío frente a una audiencia que irradiaba fanatismo. Dylan estuvo monótono e inexpresivo, cumpliendo con su imagen de espectro indiferente que lo caracteriza.  Además, se dedicó a tocar mucho teclado, dejando atrás la imagen clásica de guitarra al hombro y armónica al cuello que más de algún fanático echó de menos. Pero uno de los puntos más lamentables, fue el hecho de ver al maestro sin voz: sus cánticos eran más parecidos a ladridos de perro viejo que a la voz de un poeta moderno.

Pero por el otro lado, el recital se llenó de canciones de uno de los más grandes ídolos de la música popular contemporánea. Un ambiente único que fusionando el fervor del público, la calidad de la banda y el estilo de Bob Dylan, generó un ambiente de misticismo, de ritual privado que dejó más que conforme a todos los presentes. Sin duda, los puntos principales de la noche fueron las melodías que Dylan sacaba de su armónica; melodías simples que fueron suficientes para penetrar en lo profundo de los corazones del público, el cual fue transportado a un ambiente blusero que bañaba de melancolía y nostalgia la Arena.

La banda con la que Dylan tocó cumplió con sacar ese sonido clásico, sin grandes distorsiones y con mucha alma que acompañó a la perfección al cantante en cada uno de sus temas. Quiero destacar por sobretodo, al guitarrista solista, el cual logró darle al concierto una onda vintage, con solos y acompañamientos que no tenían nada que envidiar a los guitarristas de Elvis o Jonnhy Cash.

Tocó un repertorio que, en aproximadamente dos horas, abarcó principalmente temas de su último disco “Modern Times”. A pesar que se extrañaron temas como All Along The Watchtower o Knockin’ On Heaven’s Door, se agradecieron sobremanera las interpretaciones de Just Like A Woman, Blowin’ In The Wind (tema con el que cerró el recital) y la canción que simplemente desató el furor del público: Like A Rolling Stone. La audiencia supo apreciar la calidad del sonido entregada por la banda (que logró darle más onda al ya ondero estilo de viejo blusero de Bob Dylan), y además mostró todo su fanatismo en cada uno de los eufóricos aplausos que daban después de cada tema. Simplemente pura pasión por parte del público.

En resumen, el concierto de anoche fue el de un verdadero héroe del rock n’ roll que, conservando su estilo de fantasma inexpresivo, logró cautivar al público chileno, no por la calidad de su sonido, sino por toda la calidad de leyenda que se le atribuye a este maestro, y que dejó más que demostrada con el ambiente que generó. Simplemente: gracias, Dylan.

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